Antes de que mamá y papá desaparecieran, el Diablo llegó y les dejó zapatos nuevos a los cinco hermanos. Mamá nunca les escribió una carta de despedida a Elsa, Marisol, Tomás ni a los demás; simplemente se fue. Papá fue a buscarla y tampoco regresó. La abuela se quedó con los niños. Les dijo que el Diablo es como las moscas: se posan sobre ti cuando tu carne se está pudriendo y, por mucho que las espantes, siempre vuelven. La abuela arrancó el timbre, bloqueó las puertas con muebles y cubrió las ventanas con plásticos. Ahora está prohibido jugar afuera. Mamá solía grabar a los niños y les preguntaba desde detrás de la cámara: "¿Qué quieren ser de mayores?". Y Elsa, de ocho años, todavía quiere ser bailarina o el Papa que levanta la mano en la televisión, hace la señal de la cruz y lo arregla todo. Finalmente, aparece la policía, seguida de los servicios sociales, con la noticia de que los niños van a tener un nuevo hogar. La abuela prepara una última cena y Marisol sugiere que todos quemen algo que les guste para pedir un deseo. El fuego se hace más grande y el humo sube, difuminando y disolviendo gradualmente la frontera entre la realidad y la imaginación. Pronto los niños se habrán ido, o tal vez no.